CANAMO

Hace años que sabemos, quien más quien menos, que somos lo que comemos. También nos define lo que hacemos, y sin duda cada vez tenemos más claro el mundo en el que queremos vivir y que queremos dejar a nuestros hijos. La alimentación es cada vez más una cuestión ética, que habla de quienes somos. El consumo de aceite de CBD en el tratamiento de enfermedades, por ejemplo, es un espacio en el que se unen cosas tan dispares como el respeto a la ley, el derecho a un tratamiento que consideramos más apropiado que los considerados tradicionales y el enorme peso de unos estereotipos que cada vez están menos conectados con la realidad.

Recientemente una niña de ocho años, Graciela Elizalde, enferma del Síndrome de Lennox-Gastaut, ha conseguido que un juez autorice a sus padres la importación de un aceite de cannabis para reducir sus fuertes episodios de epilepsia. Esta medida es absolutamente innovadora, y puede estar abriendo una puerta por la que entre, por fin, el debate sobre la legalización que ya es un hecho en países vecinos como Uruguay o Chile.

En un país como México, en el que se ha incrementado la producción y exportación ilegal de marihuana hacia EEUU  y la violencia alcanza máximos históricos la legalización parece una alternativa nada despreciable.

Si podemos elegir una alimentación equilibrada y éticamente responsable, deberíamos poder escoger cómo curar nuestro cuerpo enfermo, dentro de unos parámetros de seguridad. Cuando un paciente no encuentra amparo en los límites legales, y se ve obligado a traspasarlos en semejante estado de vulnerabilidad, algo está fallando en el sistema. Noticias como estas deberían alegrarnos a todos, decidamos o no alternativas tan (por ahora) “fuera de lo común”. Si las investigaciones sustentan su eficacia, y los legisladores brindan un marco seguro, todos estaremos más protegidos y tendremos un horizonte más amplio y reconfortante.

 

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