por Begoña Ruiz Núñez

Introducción
¿Cuántas veces nos ha surgido la duda sobre cuál es la mejor alimentación para nuestros pacientes, el deporte, o incluso para perder peso? ¿Es demasiada proteína realmente causante de una acidosis sistémica? Este artículo resume y aclara algunas de las dudas, mitos y afirmaciones que se recogen diariamente en relación a la cantidad de proteína de debemos ingerir contrastándolo con la literatura científica al respecto.

Proteína, el macronutriente lleno de funciones
Las proteínas son biomoléculas formadas por cadenas de aminoácidos que desempeñan un papel fundamental para nuestra vida ya que forman parte de, entre otros, nuestro tejido conjuntivo (colágeno, elastina); sistema inmune (anticuerpos); enzimas (pepsina, amilasa); tejido muscular (actina, miosina); sistema tampón y mantenimiento del pH; transmisión de señales (serotonina, glutamato, acetilcolina); protectora (trombina); hormonal (insulina); transportadores (transferrina, hemoglobina)… etc. Por todo esto podemos imaginar lo importante que es para el óptimo funcionamiento de nuestro cuerpo una suficiente y adecuada ingesta de este macronutriente, y los problemas, en ocasiones subclínicos, que puede originar una ingesta inadecuada y/o insuficiente de este macronutriente.

Ya en 1978, Cheng y colaboradores (Cheng et al., 1978) demostraron que una ingesta de 0.8 g de proteína por kilo de peso corporal al día, que es lo que se considera actualmente como cantidad diaria recomendada (CDR) es insuficiente para mantener el balance de nitrógeno en nuestro cuerpo. La ingesta de nitrógeno (componente básico de los aminoácidos, las pequeñas secciones de las que están formadas las proteínas) afecta de manera favorable al equilibrio de calcio en el hueso y reduce el riesgo de las fracturas en caso de osteoporosis (Bonjour, 2005; Rizzoli & Bonjour, 2004).

Para aquellos interesados en mantener o perder peso, cabe destacar que la proteína tiene un elevado poder “saciador” y que la ingesta de proteínas denominadas “completas” (que contienen todos los aminoácidos esenciales) produce un gasto energético mayor que aquéllas de “baja” calidad (Westerterp-Plantenga, Nieuwenhuizen, Tome, Soenen, & Westerterp, 2009). Se ha demostrado que doblar el porcentaje de proteína de la dieta desde un 10-15% hasta un 20-30% reduce la cantidad de comida ingerida, lo que inmediatamente resulta en una pérdida de peso (Eisenstein, Roberts, Dallal, & Saltzman, 2002; Konner & Eaton, 2010; Westerterp-Plantenga, Lejeune, Smeets, & Luscombe-Marsh, 2009). Este incremento en la ingesta de proteína además, aumenta las posibilidades de no recuperar el peso perdido tras una dieta de restricción calórica.

Cuanto mayor cantidad de aminoácidos diferentes contenga la proteína ingerida, mayor cantidad de procesos en nuestro cuerpo se verán satisfechos por esta ingesta. Por ejemplo, el aminoácido L-tirosina puede ser convertido en dopamina y norepinefrina, ambos neurotransmisores encargados de la regulación del apetito, entre otras funciones, como el sistema de recompensa o la activación del eje hipotálamo-hipófisis-adrenales. La histidina, otro aminoácido, puede convertirse en histamina, que, pese a ser conocido por su papel en las alergias; es, en cantidades óptimas, un neurotransmisor encargado de la saciedad. Lo mismo ocurre con la leucina, que a su vez mejora el metabolismo del colesterol; y el triptófano, que forma parte de la cadena de la serotonina, involucrada en casos de una mala función, en trastornos de ansiedad y depresión. Es interesante destacar que la captación del triptófano a nivel cerebral depende a su vez de los aminoácidos esenciales valina, leucina, isoleucina, tirosina y fenialanina, lo que nos hace pensar en lo importante que es tomar una amplia variedad de alimentos que contengan proteína de diversos orígenes para ingerir todos los aminoácidos necesarios para un buen funcionamiento de nuestro sistema nervioso central.

Dieta alta en proteínas… ¿daño renal?
Mucho se ha especulado sobre si las dietas altas en proteínas pueden potenciar o producir daño renal debido a los productos nitrogenados de deshecho derivados del metabolismo proteico. Sin embargo, en un reciente estudio realizado en ratas, la ingesta a largo plazo de una dieta alta en proteína no tuvo ningún efecto secundario en la función renal ni hepática (Martin et al., 2006). Cuando se ha suministrado a atletas dietas de hasta 2.8 g de proteína/kg de peso corporal al día no se ha visto ningún efecto no deseado en la función renal de los participantes (Skov, Haulrik, Toubro, Molgaard, & Astrup, 2002). De hecho, este tipo de alimentación induce cambios morfológicos positivos a nivel renal (Martin, Armstrong, & Rodriguez, 2005), aumentando el tamaño de las nefronas y mejorando su función(Hoy, Hughson, Bertram, Douglas-Denton, & Amann, 2005)). Los cambios en la función renal, por tanto, son adaptativos (lo que indica que estamos preparados para ello) y no hay evidencia científica que nos haga pensar que supongan un riesgo para la población sana.

¿Y la pérdida de calcio?
Los detractores de una dieta alta en proteínas alegarán que ésta interfiere con la homeostasis de calcio (Pannemans, Schaafsma, & Westerterp, 1997; Pannemans, Wagenmakers, Westerterp, Schaafsma, & Halliday, 1998), produciendo una mayor excreción de este mineral y balances negativos de calcio en ingestas
de 2.0 g/kg proteína diaria comparados con dietas de 0.7–1.0 g/kg. La acidez de la dieta con mayor cantidad de proteína sería compensada en parte por el hueso, dando lugar a una mayor excreción de calcio en la orina, a menos que sea neutralizado por el consumo de una alimentación alcalina compuesta de frutas y verduras (Barzel & Massey, 1998). Un interesante estudio (Eisenstein et al., 2002)comparó los efectos de una dieta elevada en proteínas con una dieta de ingesta moderada (2.1 g/kg y 1.0 g/kg, respectivamente) a nivel de la resorción ósea. El aumento de la excreción de calcio en la orina en la dieta alta en proteínas quedó explicada por un aumento de la absorción intestinal de calcio, y por tanto, no existen efectos negativos a nivel del equilibrio óseo.

Proteínas y deporte
La cantidad diaria recomendada (CDR) de proteína es de 0.8 g de proteína/kg de peso al día, pero los estudios demuestran una amplia cantidad de beneficios cuando la ingesta es de más de el doble (1.8 g/kg), estabilizando la glucosa sanguínea y reduciendo la respuesta de insulina postprandial (después de comer) (Gannon & Nuttall, 2004; Layman, Shiue, Sather, Erickson, & Baum, 2003; Nuttall & Gannon, 2004). En un reciente estudio (Pasiakos et al., 2011) se observó que la ingesta de proteína de 1.8 gramos/kg de peso al día en atletas de resistencia mejoraba la disponibilidad de glucosa en comparación con una dieta que seguía la CDR (0.8 g/kg) y una hiperproteica (3.6 g/kg).

Estudios realizados en ratas(Conlee, 1987; Conlee et al., 1990) y humanos (Ivy, 2001; Ivy et al., 2002)explicaron que la recuperación del glucógeno intramuscular no depende de la cantidad de hidratos de carbono ingeridos (es decir, da igual si se ingiere una alta o baja cantidad de hidratos de carbono) ni, por tanto, de la subida en la insulina sanguínea, sino de la proteína ingerida. Este dato desmitifica la creencia de que una dieta alta en carbohidratos es necesaria para recuperar el glucógeno muscular tras el ejercicio físico.

Déficit de proteínas. Consecuencias
Como hemos visto anteriormente, las proteínas están presente en todos los órganos y sistemas de nuestro organismo, por lo que las consecuencias de una ingesta pobre y/o insuficiente puede afectar a cualquier esfera que nos imaginemos. Las personas convalecientes, recuperándose de cirugía, trauma o enfermedades pueden sufrir un rápido déficit proteico si no aumentan su consumo para soportar el incremento en sus necesidades a nivel del sistema inmunológico y tejido conjuntivo, entre otros. En personas sanas podemos encontrar desde una mayor sensibilidad a infecciones, fragilidad del tejido conjuntivo, problemas de recuperación tras el ejercicio físico y/o la competición, susceptibilidad de lesiones, molestias digestivas, falta de producción de neurotransmisores, dando lugar a problemas como insomnio, ansiedad, falta de motivación, menor tolerancia al estrés… y un largo etcétera. Debemos tener en cuenta que las deficiencias también puede ocurrir si la proteína consumida por una persona está incompleta y falla en proveer todos los aminoácidos esenciales necesarios para las diferentes funciones de nuestro organismo.

Conclusión
Las proteínas son una fuente inestimable de aminoácidos que nos sirven para una amplia variedad de funciones en nuestro organismo. Es difícil imaginar un proceso de nuestro cuerpo en el que no se vean involucradas sustancias que contengan aminoácidos en su estructura. Por ello, es muy importante la ingesta de una alimentación rica y variada en proteínas de diversas fuentes (carne, pescado, marisco, huevos, setas…) y de calidad para aportar a nuestro organismo la materia prima con la que construir y reparar todas aquellas estructuras necesarias para su adecuado funcionamiento y equilibrio. La CDR de 0.8 g/kg al día está por debajo de la cantidad óptima que necesita nuestro organismo para mantener su homeostasis, debiendo aumentarse y adaptarse a las necesidades fisiológicas de cada individuo, pudiendo llegar a triplicar esa cantidad en situaciones patológicas de activación del sistema inmune. Es importante, además, una ingesta equilibrada y variada de frutas y verduras, así como grasas, especialmente poli-insaturadas, para aportar todo aquello que nuestro organismo necesita.

Begoña Ruiz Núñez es fisioterapeuta y MSc por la Universidad de Girona. Actualmente está cursando el doctorado en la Universidad de Groningen, Holanda. Además, es profesora de PNIc para Natura Foundation y Bonusan, y asesora científica de Bonusan.

Referencias

Barzel, U. S., & Massey, L. K. (1998). Excess dietary protein can adversely affect bone. The Journal of Nutrition, 128(6), 1051-1053.
Bonjour, J. P. (2005). Dietary protein: An essential nutrient for bone health. Journal of the American College of Nutrition, 24(6 Suppl), 526S-36S.
Cheng, A. H., Gomez, A., Bergan, J. G., Lee, T. C., Monckeberg, F., & Chichester, C. O. (1978). Comparative nitrogen balance study between young and aged adults using three levels of protein intake from a combination wheat-soy-milk mixture. The American Journal of Clinical Nutrition, 31(1), 12-22.
Conlee, R. K. (1987). Muscle glycogen and exercise endurance: A twenty-year perspective.Exercise and Sport Sciences Reviews, 15, 1-28.
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Eisenstein, J., Roberts, S. B., Dallal, G., & Saltzman, E. (2002). High-protein weight-loss diets: Are they safe and do they work? A review of the experimental and epidemiologic data.Nutrition Reviews, 60(7 Pt 1), 189-200.
Gannon, M. C., & Nuttall, F. Q. (2004). Effect of a high-protein, low-carbohydrate diet on blood glucose control in people with type 2 diabetes.Diabetes, 53(9), 2375-2382.
Hoy, W. E., Hughson, M. D., Bertram, J. F., Douglas-Denton, R., & Amann, K. (2005). Nephron number, hypertension, renal disease, and renal failure. Journal of the American Society of Nephrology : JASN, 16(9), 2557-2564.
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Pasiakos, S. M., Martin, W. F., Sharma, C. S., Pikosky, M. A., Gaine, P. C., Bolster, D. R., et al. (2011). Level of dietary protein intake affects glucose turnover in endurance-trained men. Journal of the International Society of Sports Nutrition, 8(1), 20.
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Westerterp-Plantenga, M. S., Nieuwenhuizen, A., Tome, D., Soenen, S., & Westerterp, K. R. (2009). Dietary protein, weight loss, and weight maintenance. Annual Review of Nutrition, 29, 21-41.

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